Nos enfrentamos constantemente a la vida con una idea más o menos clara de quiénes somos, pero ¿alguna vez nos hemos detenido realmente a pensarlo? Y no me refiero solo a lo que nos gusta o a lo que hacemos en nuestro día a día, sino a conocernos de verdad, a ese ejercicio profundo de preguntarnos por qué reaccionamos como reaccionamos, qué nos mueve, qué nos detiene.
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Porque si hay algo que nos condiciona, aunque no lo notemos, es la falta de autoconocimiento. Vamos por la vida en piloto automático, repitiendo patrones, tomando decisiones desde el impulso, desde lo aprendido, desde lo cómodo. Pero, ¿alguna vez nos hemos preguntado si eso que hacemos realmente viene de nosotros o si simplemente es una inercia?
Me ha pasado. Pensar que me conozco bien y darme cuenta, en determinados momentos, de que reacciono desde el miedo o desde la necesidad de aprobación. Es difícil aceptarlo, pero cuando lo haces, cuando te observas sin juzgarte, descubres cosas de ti que quizá nunca habías notado.
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Por eso creo que el autoconocimiento es una herramienta poderosa, porque nos permite entender por qué sentimos lo que sentimos, por qué nos aferramos a ciertas cosas, por qué nos cuesta tanto soltar o por qué nos saboteamos sin darnos cuenta. Y sí, a veces duele ver con claridad lo que está ahí, lo que hemos ignorado, lo que hemos evitado mirar, pero también es el primer paso para cambiar lo que nos limita.
A veces creemos que conocemos nuestras emociones, pero no siempre entendemos de dónde vienen. Nos decimos que estamos bien cuando en realidad solo estamos evitando lo que nos incomoda. Nos convencemos de que no nos afecta algo cuando, en el fondo, sí nos duele. Y creo que todos, en algún momento, hemos estado ahí.
Nos pasa con nuestras relaciones, con nuestras decisiones, con nuestra forma de hablar, de reaccionar. Nos aferramos a una idea de nosotros mismos que quizá ya no encaja con lo que realmente somos o con lo que podríamos llegar a ser. Pero, ¿qué tanto de eso que creemos de nosotros mismos es real y qué tanto es solo una construcción que nunca nos hemos cuestionado?
El problema es que nos cuesta hacer pausas. Nos cuesta detenernos a pensar en quiénes somos sin distracciones, sin excusas. Preferimos seguir, seguir y seguir, sin hacernos preguntas incómodas. Pero creo que si realmente queremos mejorar como personas, crecer, cambiar, tenemos que hacerlo.
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Y sí, no es un proceso fácil. A veces nos encontraremos con partes de nosotros que no nos gustan, con heridas que no hemos sanado, con verdades que hemos tratado de evitar. Pero, ¿no es mejor verlas y trabajarlas que seguir cargándolas sin darnos cuenta?
No se trata de cambiar por cambiar, sino de evolucionar, de comprendernos, de saber qué queremos y qué no, de entender lo que realmente nos hace bien. De dejar de vivir en automático y empezar a hacerlo con más conciencia.
Así que cierro con esto: conocernos es el primer paso para cualquier transformación real. Si queremos mejorar, crecer, sentirnos más libres, tenemos que empezar por entender quiénes somos y, sobre todo, quiénes queremos ser.
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